Compra una postal que muestre un campanario diminuto, siéntate en un banco de piedra y escribe con trazo lento. Cuenta el olor del pan, el brillo del mar, el sonido del tren. Pega el sello con cuidado, escucha la pegajosidad mínima como promesa. La tarjeta viaja más despacio que la prisa, por eso llega distinta. ¿A quién escribirías hoy, y qué pequeño detalle querrías que su cocina oliera al abrir el sobre tranquilo?
Cargar una cámara de 35 mm es aceptar que cada disparo importa. El obturador late, el grano decide su manera de contar la niebla. Revelar en casa una tira de negativos convierte la cocina en laboratorio y rito. Esperar es parte del trato. Comparte tu primer error hermoso en película, ese contraluz tercamente perfecto, o la vez que una foto movida recogió mejor la risa que cualquier nitidez posible y orgullosamente fría.
El acetato cruje como madera cálida. Coloca la aguja, escucha una introducción larga, deja que el bajo ordene la tarde. Mientras la cara A avanza, corta verduras, riega plantas, saca polvo a la estantería. Tu casa cruza un umbral. Cambiar de cara es una coreografía doméstica. Cuéntanos qué disco inaugura tus domingos y qué altavoz pequeño convirtió una esquina gris en lugar de reunión donde las voces saben regresar despacio y completas.
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